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El carruaje de la muerte

Nadie osamos a levantarnos de nuestros lechos, los perros con su aullido, no solo los de la casa, ya que se empezaron a escuchar los de todo el poblado

Zunoticia/Redacción


Cuando éramos unos chamacos, vivíamos en el bajío, y siempre en las vacaciones nos llevaban de vacaciones a una pequeña propiedad que la familia tenía cerca de Ébano en San Luis Potosí.

En ese entonces, acostumbrados a la ciudad, se nos hacia una novedad estar en el monte, ya que aun no existían los ejidos que años después se abrieron en toda esa región.

Siempre por costumbre dado el intenso calor, acostumbrábamos a sacar los catres al aire libre para dormir a la intemperie, solo cubiertos por los pabellones que nos protegían contra los zancudos que abundaban en el monte, nos acostábamos siempre contando historias que para nosotros se nos antojaban aterradoras, y como aun no había energía eléctrica, le daba al entorno un aire de gran misterio a estas veladas.

Una noche ya dormidos, algo me inquietó, y desperté, se sentía un silencio muy espeso, la luna llena alumbraba en todo su esplendor la noche, casi convirtiéndola de día, los perros comenzaron a aullar, primero bajo, casi inaudible, aumentando poco a poco su lamento.

Los demás primos despertaron, pero nadie hablábamos, cada uno en nuestros catres, un poco después escuchamos como un rechinido, que calaba hasta el interior de los huesos, terrorífico, que venía de lejos, por el camino del oriente, este sonido cada vez se escuchaba más y más cercano.

Nadie osamos a levantarnos de nuestros lechos, los perros con su aullido, no solo los de la casa, ya que se empezaron a escuchar los de todo el poblado.

El rechinido sonaba más fuerte, como una carreta vieja que fuera arrastrada, con cadenas, en un momento el sonido se escuchaba que venía del poblado como que el carromato (carreta) había llegado al centro del mismo, ningún rumor de gentes, solo el aullido de los perros.

No supe cuanto tiempo se escuchó este infernal sonido, sentí que algo me recorría la espalda desde mis muslos hasta la raíz de mis cabellos, era un miedo impactante, no supe cuanto tiempo pasó, sólo me quedé dormido aquella noche.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano, ya que el sol al salir, inmediatamente calentaba y el calor se tornaba intenso.

Al reunirnos junto al fogoncito donde nos daban de desayunar, los mayores comentaron el asunto, y nos mencionaron que ese era el carretón de la muerte, y que se escuchaba en todos lados del pueblo, pero que uno creía que estaba enfrente a la casa pero no estaba allí, durante el día todos los pobladores no hablaron de otra cosa que no fuera de esta entidad que me hizo pasar unos de los mayores miedos que haya sentido jamás.

Historia a través de OctBal.

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