Huasteca Sur

Jornaleros huastecos esclavizados fueron rescatados de un invernadero  

 

Médicos, enfermeras, psicólogas, Protección Civil y Policías, esperaban a jornaleros de Valles, Tamazunchale, Axtla, Matlapa, Aquismón, San Martín y Tanlajás, Huejutla y Tantoyuca Veracruz

 

Celso Martínez es un jornalero huasteco quien a sus 60 años de edad, continúa buscando empleo donde sea con tal de llevar dinero y sustento a su familia radicada en San Martín Chachicuautla; nacido en la comunidad de Temamatla el campo ha sido su vida y su sustento.

Con un bolillo en la mano y en la otra un vaso con café, accede a platicarnos un poco de su historia, de cómo en el mes de marzo fue enganchado para trabajar en el estado de Jalisco para el corte de tomate, con la promesa de un buen salario y prestaciones, sin pensar que esta terminaría siendo una de las peores experiencias de su vida.

 

“Echaron un anuncio, que quieren gente que pagan 150 diarios, pero ya estando ahí, ahí te encierran en las casitas que tienen, los cuartos bien llenos de chinches, ocho en unos cuartitos que híjole la fregada, angostitos sin cama solo unas colchonetas”, señaló Celso.

 

La lluvia caía mientras que el grupo de aproximadamente 69 jornaleros, entre hombres, mujeres y niños, eran atendidos bajo una galera ubicada en el pabellón gastronómico de los terrenos de la feria en Ciudad Valles, donde alrededor de las 23:00 horas de aquel día de abril, llegaron tres camiones de turismo contratados por el gobierno de Jalisco.

 

El lugar estaba listo para la recepción de los trabajadores, rescatados apenas el lunes del invernadero San Gabriel, localizado en el municipio de Toliman Jalisco, donde eran obligados a trabajar en condiciones infrahumanas, solamente comparables con aquellos campos de concentración de los nazis.

 

Médicos, enfermeras, psicólogas, personal de Protección Civil y Policías Municipales, esperaban a los vallenses que llegarían en los autobuses, pero tal fue la sorpresa al descubrir que de Ciudad Valles sólo viajaba uno, quien sin menospreciar la torta y el café, dijo yo me voy solo a mi casa, vivo en la Vista Hermosa, pero iré a Las Brisas con unos familiares.

 

Los funcionarios trataban de poner orden mientras el personal médico intentaba valorarlos a todos para descartar enfermedades, encontrando sólo padecimientos dermatológicos y gastrointestinales, mientras la lista comenzaba a llenarse con direcciones del interior de la Huasteca, Tamazunchale, Axtla, Matlapa, Aquismón, San Martín y Tanlajás, de Hidalgo había varios de Huejutla e incluso un hombre solitario dijo ser el único de Tantoyuca Veracruz.

 

El problema ahora es que no estaba contemplado el traslado, tras casi 24 horas de camino los jornaleros, estaban varados.

 

Al ir y venir de funcionarios que buscaban la forma de buscar un nuevo transporte, los jornaleros parecen formar grupos para descansar y seguir comiendo, muchos de ellos se acercan al reportero preguntando cuando saldrá la nota y contando un poco de lo que les pasó en aquellas galeras de San Gabriel en el denominado “Bio 4”, todos coinciden en lo mismo, el hacinamiento, el maltrato y la falta de paga por su trabajo.

 

Algunos como José Isabel González Santiago, originario de Matlapa, sobre el suelo mostraba los tickets con los cuales comprobaba su trabajo en la cuadrilla y cuyo importe reflejaba el pago que se le haría al terminar el contrato, estos además servían como vales para comprar en la tienda de raya.

 

Los montos, totalmente fuera de lo más mínimo que pudiera recibir un trabajador por su labor, ya que en su mayoría señalaban un pago de solo 100 o 200 pesos por un trabajo de toda una semana, y que tal vez de manera irónica enumeraba conceptos como vacaciones y bono de puntualidad, claro está, en ceros.

 

Pasaba el tiempo y Celso continuaba acompañándome en mi recorrido, cual guía de turistas cargando su mochila y sin dejar de tomar café me presenta a otro de sus compañeros, él es Juan Hernández Antonio, originario de Tamazunchale, quien accedió a platicarnos lo que vivió en el “Bio 4”, donde casi era imposible escapar.

 

“Hace un mes y medio cuando llegamos ahí, el primer día se escapó uno ya casi abuelito, se fue dijo vámonos así no me gusta esto, no, le digo, yo me voy a aguantar a ver cómo va a estar, le dije, pero se él se fue , se escapó de noche y dicen que lo vieron, y lo siguieron en la noche y lo toparon con un garrote y lo golpearon, a mí me decían pero yo no me escapaba, tenía miedo de que me llegaran a encontrar y me agarraran, no podías pedir ayuda a nadie, los policías si te encontraban te regresaban y los encargados del “Bio” te tableaban”.

 

“La comida que daban, pura sopa sancochada nomas, yo comía con sal mejor y agua, tortilla nomas, como las vacas comía pura sal y agua”, interrumpe Celso, mientras que los gritos de a formarse comienzan a sonar.

 

Se había conseguido un autobús donde podrían continuar su camino a sus lugares de origen, el problema es que sólo era uno para los casi 70 jornaleros, pero las ganas de llegar a casa eran muchas.

 

Apartados quienes irían a Huejutla, Tantoyuca y Tanlajás, así como quienes por miedo a la noche decidieron partir al amanecer, los jornaleros enfilaron al autobús cargando sus pocas pertenencias tratando de acomodarse lo mejor posible, paradójicamente hacinados volverían a casa dadas las circunstancias, muchos de ellos sin ganas de volver a repetir la experiencia, pero los más, esperando que salga el Sol o la transmisión de un nuevo anuncio en la radio ofreciendo trabajo en los campos de cosecha, pues esta es la única forma de llevar un poco de sustento a sus familias.

 

Por lo pronto, Celso cargando su mochila y sonriente se despide del reportero diciendo, “mañana hay que buscar el contratista, porque es temporada de la pisca del algodón”.

 

Lamentablemente cada semana, decenas de autobuses parten de la Huasteca repletos de trabajadores del campo, quienes son “enganchados” con la promesa de un buen salario, algunos incluso viajan con su familia completa, con la esperanza de volver a su tierra con dinero en las bolsas y la esperanza de tener lo suficiente para comprar comida un día más.

 

“Ahí te encierran en las casitas que tienen, los cuartos bien llenos de chinches, ocho en unos cuartitos que híjole la fregada”; Celso Martínez Rivera.

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