Huejutla, Hgo.- El origen etimológico de la palabra cacique, término arahuaco, dialecto argentino, que designa a un hombre grande, aquel que “posee una casa”, tiene, como todas las explicaciones etimológicas interés lingüístico pero poca utilidad práctica.
El caciquismo está atiborrado de resonancias contemporáneas, por lo que los caciques y caudillos, son actores en sistemas clientelistas. Hay autores que ven a los caudillos como figuras pretorianas al frente de un escenario político muy desarrollado; los caciques, en cambio, son políticos civiles y operan en un nivel restringido. Está distinción es vaga, los caciques, regularmente hacen uso de la violencia pero raras veces son jefes militares de importancia. Francisco Villa (Doroteo Arango), era un caudillo y no un cacique; Plutarco Elías Calles un cacique y no un caudillo.
Aunque se puede hablar de caciques nacionales, como Porfirio Díaz y Elías Calles, no se puede hablar de caudillos municipales (fuera de Argentina, obviamente). En diferentes palabras, el caciquismo abarca la jerarquía política, mientras que el caudillismo es un fenómeno más copular y más pretoriano. De esto sigue que algunos individuos claves cambian de papeles. Porfirio Díaz y Álvaro Obregón fueron caudillos transformados en caciques. La muerte privó a Emiliano Zapata de la posibilidad de la transformación.
El caciquismo, por consiguiente, es un subgrupo muy grande dentro de un universo aún más vasto de sistemas clientelistas que se conciben típicamente como jerarquías que se encarnan en autoridad, pobladas por actores de estatus desiguales que están vinculados por nexos de reciprocidad.
El caciquismo es arbitrario y personalista. Las reglas formales le ceden su lugar al poder informal: “Aquí no hay más ley que yo”. No obstante que con esto no se quiere expresar que los caciques sean necesariamente déspotas caprichosos. Aunque muy arbitrarios, el cacique si pueden seguir caminos predecibles que pertenecen al “saber local”.
Los caciques no forzosamente tienen que ostentar cargos oficiales para ejercer su poder, sin embargo, algunos están determinados por prácticas desordenadas, no por principios universales, no están formalmente inclinados, en parte, por la regla de la no reelección, van y vienen por una secuencia de cargos, con movimientos ascendentes, descendentes y laterales, sin por ello perder, a pesar de los cargos específicos, el poder regional.
En México, la palabra “cacique” era usada desde la Colonia para designar al heredero de más altas jerarquías prehispánicas. A ellos se les reconoció las tierras incluso se les dotó, muchas veces eran autoridades de los pueblos indígenas que se encontraban dentro de los territorios que les había reconocido la Corona Española. Eran representantes de sus poblados, fungían como intermediarios entre la administración española y la sociedad indígena. En el periodo Colonial las comunidades poseían tierras y esa posesiones era la base de la economía que hacía factible el pago de tributo y la aportación de trabajadores para los servicios exigidos.
En la Región Huasteca los herederos de las autoridades prehispánicas fueron asesinados por Nuño Beltrán de Guzmán en un número total de 400, por lo que es probable que los caciques hayan sido españoles o en su defecto indígenas habilitados.
Los jefes o caciques de la región Huasteca de Hidalgo surgidos de la Revolución no eran indígenas y personificaban un nuevo sistema político, aunque pudieran reunir muchas de las formas y funciones previas, incluso el nombre: intermediarios entre modos de la producción, sistemas políticos o señores feudales. Pero la característica principal de los caciques del siglo XX, además la fuente de su poder en su capacidad de conservar o de reproducir en la región su autonomía política, inicialmente construida con la amenaza de la violencia o la insurrección apoyados por sus gavillas de pistoleros, en este recurso se puede encontrar parte de la explicación de su larga duración.
En diferentes momentos demostraron una gran capacidad para ejercer la violencia, en un inició al amparo del nicho ofrecido por su pertenencia al nuevo ejército federal. En el porfiriato el poder se distribuyó entre las distintas familias de cuyutls. Esta distribución era una forma usada por el régimen para el control de los territorios, de esa manera se puede decir que el control político se centralizó y dependía directamente del gobierno y del ejecutivo, pero era necesariamente negociado con las clases en el poder en cada una de las regiones.
La Revolución facilito que las familias huastecas pudientes convirtieran a sus miembros en pequeños ejércitos, las tropas una vez pasada la cruenta contienda se convirtieron en el instrumento de control político y social para conservar en el poder a las cabezas de las familias y mantener la situación de privilegio, constituyendo la fatídica… “Primavera del Caciquismo”.
El origen del conflicto agrario en la década de 1970-1982, radicó en abusos cometidos por caciques y terratenientes, los rezagos en las ejecuciones de dotación de tierras, la indefinición en la tenencia de las mismas y la carencia de títulos de la propiedad. En el año de 1973 empezó el periodo de “invasiones de tierras” en los ocho municipios de la Huasteca Baja. A principios de 1980 las hectáreas invadidas ascendían a 25,000, tanto por parte de ganaderos como de ejidatarios y comuneros. Este sangriento conflicto y sin duda rezago del caciquismo, terminó con la prosperidad de la Región Huasteca.
CONCLUSIÓN: Los génesis de poder caciquil, su mantenimiento y transmisión se explica por la existencia de formas parecidas de dominación en la región Huasteca Hidalguense a lo largo de extensos periodos, cuyos antecedentes remotos se localizan en los señoríos y cacicazgos indígenas prehispánicos, pasando por la República de Indios y encomiendas coloniales, hasta las jefaturas políticas del porfirismo.
Algunos datos fueron tomados del libro titulado “El Mugido de los Coyotes”, de Juan Briseño Guerrero.
Por Salvador Altamirano