Huejutla, Hgo.- El alzamiento armado que tuvo efecto entre los años de 1926 y 1929, en contra del gobierno del General Plutarco Elías Calles, fue llamado cristero con intensión de mofa por quienes ostentaban el poder, ya que su origen fue de carácter religioso, en defensa de profesar libremente el culto a Nuestro Señor Jesucristo y todos los santos de la iglesia Católica, Apostólica y Romana, o sea, en conservación de la fe, que es lo único que posee la religión según lo manifestó en su momento San Ambrosio.
En junio de 1926, en los albores del alzamiento, los 38 obispos que había en la República Mexicana tenían opiniones encontradas al respecto, la mayoría estaban muy indecisos y “sacando las manos del fuego”, dejaron a libre albedrío a los fieles para defender con las armas en las manos sus derechos religiosos. Una docena les negó el apoyo en la acción bélica, y solamente tres los impulsaron y ayudaron decididamente para que se alzaran en armas contra el gobierno: José de Jesús Manríquez y Zárate, de Huejutla; José María González, de Durango y Leopoldo Lara y Torres, de Michoacán.
Los tres hasta finales de 1926 habían prohibido y condenado todo recurso a la violencia, y el que abrazó más apasionadamente la causa de los cristeros, Monseñor Manríquez y Zárate, ya había condenado en tres ocasiones la violencia y propuesto a los cristeros la muerte en el circo bajo las garras de los leones.
El 12 de julio de 1927 expresó su cambio de opinión en su Mensaje al Mundo Civilizado: “Nuestros soldados sucumben en los campos de batalla, acribillados por las balas de la tiranía, porque no hay quien les tienda la mano, porque no hay quien se preocupe por ellos, ni quien secunde sus heroicos esfuerzos enviándoles elementos de boca y guerra para salvar a la patria. Queremos armas y dinero para derrocar la oprobiosa tiranía que nos oprime y fundar en México un gobierno honrado…”
No volvería a cambiar de posición hasta su muerte y, fiel a sí mismo, ayudó cuanto pudo a los combatientes, escribiendo al extranjero; reuniendo dinero; enviando armas, lo que le acarreó problemas con las autoridades norteamericanas y con Roma, y eso sin hablar del exilio perpetuo.
Cuando la dirigencia de la “Liga Nacional de la Libertad Religiosa” redactó el 30 de junio de 1927 un memorándum para requerirles a los obispos su necesaria participación en el financiamiento del alzamiento armado, no se atrevieron a presentárselos directamente y recurrieron a los excelentes oficios de Monseñor Manríquez y Zárate, quien aceptó con entusiasmo ser su vocero. La respuesta del “Comité Episcopal” fue negativa, por lo que para manifestarle a los ligueros que era solidario lanzó su mensaje del 12 de julio: “Pero todavía la iglesia, pobre y desvalida, tiene en sus manos unas cuantas monedas. ¿Y por qué no entregarlas a los soldados de la libertad?
Cuando Monseñor Manríquez y Zárate recibió instrucciones de Roma, transmitidas por el nuncio Fumasoni Biondi, según las cuales los obispos deben de abstenerse de apoyar la acción armada, respondió al profesor Mario Resendiz Martínez, que le preguntaba lo qué iba a hacer, le respondió que él conocía sus deberes y por consiguiente continuaría apoyando a los cristeros. Por lo que cooperó todo el tiempo con la liga, haciendo llegar dinero al Comité Especial (guerra), por intermedio de Luis Bustos, que en un tiempo fue vicepresidente del ex -general José Ortiz Monasterio, teóricamente jefe militar de la liga, y de Juan Lainé.
Monseñor José María González y Valencia, escribió a propósito de las negociaciones de paz entre la iglesia y el gobierno: “No son estas las horas de la diplomacia. Es mejor que se dejen consumir las cenizas de nuestra iglesia heroica antes que verla mancillada con un armisticio ineficaz y vergonzoso. ¡Y pensar que entre tanto nuestros hijos, en número abrumador, levantan orgullosos la cabeza y se oponen a la humillación de sus prelados”.
Sin embargo, junto con el Obispo Leopoldo Lara Y Torres, después de haber chocado con la hostilidad romana, obedecen las órdenes del nuncio absteniéndose de enviar dinero a la liga, no así, Manríquez y Zárate, que fue no obstante las amenazas, encarcelamientos y destierros, hasta su muerte un tenaz impulsor del movimiento, poniendo a Huejutla en el mapa de los acontecimientos heroicos.
Durante su exilio declaró de manera reiterada que la Revolución Mexicana y su gobierno eran la “maldad absoluta”, y en el año 1929, en un discurso ante la “Asociación Católica de la Juventud Belga”, exhortó a los mexicanos a no dejar que la épica de la Cristiada se fuese a olvidar y exigir el fin del “modus vivendi” del país.
José de Jesús Manríquez y Zárate renunció a la Diócesis de Huejutla en el año de 1939, y se le nombró Obispo titular de Verbe, Italia. De regreso al país en 1944, fue nombrado Vicario General del Arzobispado de México. Nació en León, Guanajuato, en 1884, y fue en la capital del país en donde falleció en 1954.
La Cristiada, en realidad, fue un movimiento de reacción, de defensa en contra de lo que se ha convenido en llamar la Revolución, o sea, el desenlace acelerado del propósito de modernización iniciado a finales del siglo XIX, la perfección, más no así la subversión del sistema porfirista.
Cuando se resucitó, con fines políticos, la cuestión de la relación entre iglesia y Estado, el pueblo se movilizó para defender su fe. Cuando hubo dado muerte a un millar o más de federales y, muertos otro tanto de los suyos, se vio que iba a ser cuento de nunca acabar –esto duró tres años-, se dijeron: “Quizá sería más sencillo dejar que estas gentes fueran a misa, ya que tanto se empeñan”. Y el alzamiento armado concluyó.
Por Salvador Altamirano