Por: Armando Lara Nava.
La creación del Estado de Hidalgo el 16 de enero 1869 no fue un acontecimiento espontáneo ni producto exclusivo de circunstancias políticas inmediatas.
Fue, en gran medida, el resultado de la acción coordinada, estratégica y visionaria de masones que, desde la estructura de la Orden, supieron articular coincidencias ideológicas y redes de apoyo para lograr una transformación territorial que fortaleciera al naciente Estado liberal mexicano.
Entre estos personajes destacan tres figuras fundamentales: Benito Pablo Juárez García, presidente de la República; Manuel Fernando Soto Pastrana, considerado el “Padre del Estado de Hidalgo”; y Juan Crisóstomo Doria González, primer gobernador provisional. Todos ellos compartían no solo un proyecto político liberal, sino también la pertenencia coordinada a la masonería, que les otorgó un marco filosófico y organizativo clave para la consolidación de la nueva entidad federativa.
La Masonería como red política (en el sentido real de la palabra, no en el partidista) e ideológica especialmente durante el siglo XIX, actuó como un espacio de encuentro, discusión y articulación entre los principales actores del liberalismo.
No se trataba únicamente de un círculo filosófico, sino de un verdadero laboratorio político donde se forjaban alianzas y se delineaban proyectos de nación.
La Orden proporcionaba cohesión doctrinal al promover valores como la libertad, la igualdad, la fraternidad, el laicismo y el fortalecimiento del Estado frente a los poderes corporativos tradicionales.

En ese contexto, la creación de nuevas estructuras estatales no solo respondía a necesidades geográficas o administrativas, sino a la visión masónica de construir un país moderno, ordenado y justo. La masonería ofrecía una plataforma donde las ideas se transformaban en acción política mediante la coordinación de sus miembros.
Benito Pablo Juárez García, uno de los masones más influyentes del siglo XIX, representaba la cúspide del poder político y moral del liberalismo triunfante tras la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa.
Desde la Presidencia, Juárez entendía que la reorganización territorial del país era necesaria para fortalecer el federalismo y evitar que regiones vastas e ingobernables quedaran a merced de poderes caciquiles.
La provincia de México era, en aquel momento, demasiado extensa y difícil de administrar. Juárez vio con buenos ojos —y apoyó desde el seno de las Logias— la propuesta de dividirla para formar dos nuevas entidades: Hidalgo y Morelos.
Su respaldo no fue solo administrativo, sino político, filosófico y fraterno: la creación de Hidalgo respondía a la idea masónica de distribuir el poder, promover la autonomía local y equilibrar el desarrollo regional.
Manuel Fernando Soto Pastrana, también masón, fue la figura clave en la articulación del proyecto hidalguense.
Diputado y líder regional, Soto comprendió que la región del antiguo distrito de Tula, Huejutla, Actopan, Tulancingo y Pachuca poseía una identidad histórica, económica y cultural propia que justificaba su autonomía. Desde las logias, Soto encontró la red de apoyo necesaria para promover la propuesta y convencer a otros legisladores masones de su viabilidad.
Su habilidad política y su visión estratégica construidas tanto en la masonería como en la sociedad, permitieron que el proyecto se consolidara.
Fernando Soto fue quien llevó la iniciativa ante el Congreso y quien la defendió con argumentos de prosperidad minera, ubicación geográfica estratégica y potencial de desarrollo económico. Su labor dentro y fuera de la masonería lo convirtió en el verdadero arquitecto de la entidad.

Una vez aprobada la creación del estado, el nombramiento del masón Juan Crisóstomo Doria González como gobernador provisional aseguró que el nuevo territorio iniciara su vida institucional bajo los principios del liberalismo masónico.
Doria se encargó de organizar las primeras estructuras de gobierno, sentar las bases jurídicas y administrativas, y garantizar la transición ordenada desde la antigua jurisdicción del Estado de México.
Su breve pero importante gestión simbolizó la continuidad de la idea masónica: del diseño político a la puesta en práctica institucional. Gracias a la confianza mutua dentro de la Orden, Doria contó con el apoyo directo del presidente Juárez y la colaboración estrecha de Soto, lo que permitió que el nuevo estado iniciara con estabilidad y legitimidad.
El Estado de Hidalgo es, en esencia, un producto del pensamiento y la acción masónica. No se trata de un mito ni de una simple coincidencia biográfica: la pertenencia de Juárez, Soto y Doria a la masonería fue determinante para la articulación política, la ejecución administrativa y el respaldo institucional que permitieron la creación del estado.
La Orden proporcionó el marco ideológico, la red de apoyo y la coordinación necesarios para concretar un proyecto que, de otro modo, habría enfrentado mayores resistencias u obstáculos.
La fundación de Hidalgo es un ejemplo histórico del impacto que la masonería ha tenido en la construcción del Estado mexicano moderno. A través de sus principios (libertad, igualdad, fraternidad, racionalidad y laicismo) estos hombres transformaron una región olvidada del Estado de México en una entidad federativa sólida, capaz de desarrollarse y participar activamente en la vida nacional.
La huella masónica en su origen no solo es evidente, sino también motivo de reflexión sobre el papel que las logias han jugado en la historia política de México.