Una Misión Franciscana en la Pameria: Santa María Acapulco

El aislamiento de la zona ha permitido también la conservación del extraordinario templo de la misión franciscana de Santa María Acapulco sin mayores modificaciones desde la
época de su construcción a finales del siglo XVIII


Miguel Ángel Castillo Andrade

La Sierra Gorda, bien conocida por sus misiones franciscanas de Jalpan, Tancoyol, Landa,
Concá y Tilaco (declaradas en 2003 por la UNESCO “Patrimonio cultural de la Humanidad”) esconde un secreto: La Misión Pame de Santa María Acapulco.

Después de la conquista de la Sierra Gorda por José de Escandón en 1744, los sobrevivientes de los indígenas Pames abandonaron las zonas bajas para refugiarse en zonas montañosas y aisladas de la Sierra Madre Oriental.

La Pameria actual, situada entre los Estados de San Luís Potosí y Querétaro, abarca las comunidades de Santa María Acapulco, La Palma, Alaquines y Ciudad del Maíz. Estos Pames o xi’ui (como se llaman a sí mismos) son, junto con los Jónaces de Mesa de Chichimecas (cerca de San Luís de la Paz), los únicos sobrevivientes de los chichimecas que
poblaban antes de la conquista el centro y el noreste del actual territorio de México. Los Pames que vivían más al sur, en los Estados de Hidalgo y Guanajuato, han desaparecido.

Situada en el extremo sur del Estado de San Luís Potosí y del municipio de Santa Catarina, en un lugar de difícil acceso, la comunidad de Santa María Acapulco ha conservado mejor su cultura y sus tradiciones que los demás centros de población.

La mayoría de sus 4500 habitantes hablan o entienden el idioma Pame. Todavía funciona ahí un sistema de gobierno indígena, con un gobernador tradicional elegido -máxima autoridad religiosa- que interviene en la organización civil de la comunidad.

Aunque los Pames se declaran católicos, su práctica religiosa conserva rasgos prehispánicos: el Dios Sol, el Dios Venado Mayor y sobre todo el Dios Trueno que hace llover, no han caído en el olvido; mientras que curanderos y hechiceros juegan un papel importante en la comunidad.

El aislamiento de la zona ha permitido también la conservación del extraordinario templo de la misión franciscana de Santa María Acapulco sin mayores modificaciones desde la
época de su construcción a finales del siglo XVIII.

Según el historiador Juan Antonio Siller, “el lugar debe su nombre a la advocación
del templo dedicado a la Asunción de María y al de Acapulco, que significa donde hay cañas grandes y gruesas”, es probable que se le haya sumado cuando tuvieron que acudir los indígenas a pie a recoger hasta el puerto de Acapulco la imagen de su devoción que preside su templo, llamado alguna vez “La Capilla Sixtina de la Pamería”.

La misión -según los documentos de la época- fue fundada alrededor de 1740, mientras que la construcción del edificio actual probablemente se inició en la siguiente década.

El templo, rodeado de un amplio atrio, fue construido en la parte alta de una loma pelada. Es un edificio de gran tamaño, con un portón que se abre hacia el oeste. Sus gruesos muros de mampostería cubiertos de cal conservan las huellas de los andamios utilizados durante la construcción.

Los muros del ábside y de los lados han sido reforzados con contrafuertes. El techo de palma de dos aguas -asimétrico- baja del lado norte casi hasta el suelo, cubriendo el campanario, la entrada lateral al presbiterio y un pasillo que corre a lo largo de la pared desde la fachada hasta el ábside.

La fachada (que el INAH está restaurando) conserva restos de una decoración a base de motivos geométricos de color rojo. Nueve nichos dispuestos en tres series verticales decoran la fachada, seis de los cuales tienen todavía sus santos de adobe recubiertos de argamasa. Arriba del portón, un dragón vigila el acceso al templo.

Frente a este último, se encuentra la casa cural, un edificio bajo con techo de palma, sin ventanas y con una sola puerta en su centro que ocupa todo el ancho del atrio.

El conjunto sorprende al visitante que conoce las otras misiones franciscanas de la Sierra Gorda con sus apacibles fachadas decoradas con argamasa y pintadas de colores suaves, y que fueron edificadas en la misma época.

El templo de Santa María Acapulco, primitivo, austero, ingenuo, de una gran fuerza de expresión, transporta al visitante dos siglos atrás, a la época de la difícil evangelización de la Sierra Gorda.

Quedan muy pocos ejemplos de este tipo de construcción en América Latina. Se puede mencionar como los más parecidos, unos templos del altiplano Boliviano cerca de Oruro (Sepulturas o Curahuara de Carangas).

Referencia: Anne Bonnefoy, Genealogía, Santa María Acapulco una joya religiosa del siglo XVI.

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