FERIA DE NOCHEBUENA INTERRUMPIDA POR PRIMERA VEZ POR UNA PANDEMIA

  • La cual data del siglo XVII.
Huejutla, Hgo.- Ni la Gesta de Independencia, ni la Revolución Mexicana, lograron que se interrumpiera la tradicional Feria de Nochebuena que cada año se lleva a cabo en el mes de diciembre en Huejutla, la cual por primera vez desde el siglo XVII, en esta ocasión fue suspendida por causa de la contingencia sanitaria de una pandemia. Sus comienzos, como su nombre lo indica, fueron exclusivamente religiosos, organizados por los frailes agustinos del Centro Misional apoyados por las Mayordomías. Con el paso del tiempo estas actividades se fueron enriqueciendo con la participación de otros grupos sociales ya cristianizados; no obstantes, las celebraciones cristianas de manera paulatina se fueron transformando en festejos profanos. En efecto, la celebración de Nochebuena fue tomando nuevas características a partir del cambio de servicio de los religiosos agustinos y el sacerdote Álvaro Flores Valdés asumió la responsabilidad de mantener y atender la cristianización del pueblo. Y desde entonces los festejos tradicionales de Nochebuena se convirtieron  en manifestaciones culturales, comerciales y religiosas, perdiendo su exclusividad se fueron transformando en fiestas de demandas y transacciones comerciales. Expresan algunas personas que según tienen conocimiento, la Feria de Huejutla se tornó más animada en los albores del Alzamiento Cristero, que se llevó a cabo entre los años de 1925 y 1926, con la llegada de unos comerciantes de ganado equino procedentes de los poblados de San Fernando y Soto La Marina, Tamaulipas, a quienes por ser de piel rojiza parecida a la bebida hecha a base de tuna roja les llamaban “colonches”, quienes dejaron de venir a realizar su peculiar comercio en 1950. Un día de ese mes, siempre por la madrugada, se escuchaba el tintineo de la mula cerrera que guiando la manada bajaba por Barrio Arriba, la cual era arriada por unos hombres que enfundados en típicas cuereras tamaulipecas atravesaban gallardamente por las calles del pueblo hasta encerrarla en los corrales preparados a propósito en varios sitios. Muy pronto el jolgorio comenzaba con mucha actividad: fonderas; tamaleras; axocoteras; aguadores y aguardenteros entraban en acción, así como los promotores; enganchadores; traductores y las bancas para la venta de las bestias. Se iniciaban los círculos de reuniones amenizados por tríos de huapangueros y grupos de música de viento que animaban a los compradores y vendedores de bestias. El patriarca de los colonches, y según afirman el único dueño de la manada, respondía al nombre de Hilarión García, quien durante su estancia en Huejutla atendía el comercio de mulas y de machos en cuatro corrales que se encontraban al final de la Avenida Ildelfonso Velázquez Ibarra, concretamente enfrente del Hotel Villa del Rey, cuyo terreno era propiedad de la señora Alicia Andrade (doña Hicha). Cada bestia tenía un costo de dieciocho a treinta pesos plata, según era la calidad de la misma, cantidades que los interesados pagaban contante y sonante. Finiquitadas ya las   transacciones, cuyos compradores generalmente eran habitantes de comunidades, los vaqueros o ayudantes de los vendedores lazaban al equino, ya fuera mula o macho, le colocaban una jáquima y una reata gruesa que asían entre siete u ocho hombres para llevársela, a quienes en ocasiones cuando el animal era fuerte los revolcaba causando la hilaridad de los habitantes del pueblo que con el propósito de divertirse gustaban acudir para presenciar las actividades comerciales. Dichas reuniones festivas culminaban con la celebración de los ritos cristianos, danzas autóctonas y fandangos. Los legendarios colonches, quienes se beneficiaban con la venta del mencionado ganado equino, también dejaban beneficio al pueblo: pagaban uso de corrales y potreros; los que apartaban con mucha anticipación; alojamiento; alimentación y contrataban de manera temporal al personal que laboraba en los corrales. Cuentan que en la fonda de doña Tina Lumbrera, quien era acreditada por sus exquisitos y regionales guisos, comía la mayoría de los colonches. En los años 40s y 60s la tradicional Feria de Huejutla fue famosa en la Región Huasteca por sus sabrosas enchiladas fritas. La Feria de Nochebuena cobró fuerza, sobre todo, con la inclusión de las peleas de gallos, una de las suertes más gustadas de los huastecos; con los platillos típicos de la región; la venta de cerámica de Chililico; los cestos de otatillo de Oxtomal; y los bordados, cohete,  huaraches y pan de Jaltocán, que le dieron una forma característica a la feria. Lamentablemente, la típica presentación se ha venido modificando con la introducción del comercio moderno y chacharero, se ha perdido la frescura y originalidad del festejo cuyas raíces aún se profundizan en esta tierra que hace siglos lo vio nacer. Pero lo más sintomático, es la pérdida de la costumbre de la mayordomía, de las danzas y el uso de trajes típicos entre aquellos grupos donde ya no opera la resistencia cultural. El costo de la fiesta tradicional siempre ha sido prohibitivo, pero ahora es más patente por las emigraciones de los jóvenes que se han ido a pugnar por realizar sus sueños fuera de la comunidad, lo que ha generado el desgarre de los mecanismos internos de la organización social, y es ahí, cuando agoniza la fiesta y… nace la feria. Por Salvador Altamirano

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