Por Enedino Hernández/Zunoticia
Huejutla, Hgo. – El Obispo de la Diócesis de Huejutla, José Hiráis Acosta Beltrán recordó la celebración del Corpus Christi del pasado de Huejutla, cuando prácticamente los feligreses procedentes de otras regiones acudían a la histórica ciudad a celebrarla.
Primeramente, detalló que este jueves 16 de junio, el mundo católico celebró la gran festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi), la cual se realizó durante la tarde con una procesión que partió desde la Plazuela de Tahuizán hasta el Santuario de la Virgen de Guadalupe, en esta ciudad de Huejutla de Reyes.

Asimismo, recordó lo que en su momento escribieron los Cronistas Tlatempohuallistli de la huasteca; Juan Jesús Franco, Edgar Hernández, Tony Reyes, Petra Martínez, Heriberto Torres, Erik Martínez, Raúl Martínez, Refugio Miranda San Román, Tomás Cerón Amador y José Barón Larios.
“En la ciudad de Huejutla, Hidalgo; desde la llegada de los Agustinos se celebra este gran día, con sus modificaciones. La tradición oral cuenta que allá por el año de 1921, cuando Huejutla pertenecía a la Diócesis de Tulancingo y siendo Obispo de la misma, Monseñor Vicente Castellanos y Núñez. En la entonces ya histórica ciudad de Huejutla, los feligreses acudían a celebrar la procesión del Corpus Christi. Que lo hacían en la que hoy son las tres principales plazas cercanas a la Iglesia parroquial en ese tiempo”.
Señala que para este evento religioso “se construían casitas con hojas de ramilesia y así en cada estación hacían la adoración al Santísimo Sacramento. En este recorrido los rezos y cánticos eran acompañados con tambores, chirimías y aquellos que no contaban con algunos de estos instrumentos tocaban las hojas de naranja de cucho”.
Detalla que en la procesión “después de la multitud de feligreses piadosos, iban los arrieros de Eloxochitlán, Zacualtipán, entre otros pueblos que comerciaban con diferentes productos traídos de sus lugares de origen, a la vez llevaban cosas de los lugares cercanos a Huejutla.

Pero en esta ocasión, las mulas de estos arrieros iban cargados de tamales que se elaboraban con maíz nuevo y envueltos en hojas de maíz; también llevaban ollas con atole blanco que repartían en cada casita, una vez terminada la adoración en cada estación”.
Asimismo, expone que después de recorrer las plazuelas del Centro regresaban al interior del templo en medio del estruendo de la pirotecnia, cohetes y el repicar de las campanas hacían el plus de la fiesta. También se le conoce como “la fiesta de las mulas o de los arrieros”.